18 de febrer de 2010

Les casetes de suro de Fermín Ruiz


De l'article LOS ÚLTIMOS ARTESANOS (Diario Femenino, 12 de desembre de 1969), signat per M. Eugenia Ibáñez, extrec el següent fragment:

Me dediqué a hacer casitas de corcho para los belenes, por necesidad. La fábrica de tejidos donde trabajaba cerró y yo era ya demasiado viejo para buscar otro empleo. Así que decidí dedicarme de lleno a lo que desde 1945 hacía a ratos perdidos.

Aquel año, Fermín Ruiz hizo una casita para el belén de su hija con trozos de corcho y el cartón de unos viejos naipes. La obra fue un éxito, compró nuevos materiales y por las tardes, después del trabajo de la fábrica, la emprendía con pozos, pajares y corrales en miniatura.


Figúrese, ganaba yo por aquellas fechas veinticinco pesetas a la semana. Si me sacaba unos duros con las casitas, ya teníamos para vivir medianamente bien.

Hoy, él y Concepción, su mujer, hacen al año más de veinte mil pajares y doce mil pozos, amén de una buena cantidad más entre los quince modelos que tiene su muestrario.


Todo nos lo hacemos nosotros, vamos a buscar el musgo a la montaña, llevamos la paja a moler, recogemos la arena de las obras de las calles y encolamos pieza por pieza las casitas.


Al cabo del año gastan unos 20 kilos de paja, 250 de corcho y alrededor de 12.000 tapones que, convenientemente camuflados con paja molida, se convierten en pequeños pajares. Todo el año trabajan para las fiestas de Navidad, venden sus casitas a los mayoristas, que se encargan de distribuirlas por toda España. Tienen un puesto en la Feria de Santa Lucía, que se instala cada año en los alrededores de la catedral barcelonesa. No hay maquinaria en el taller de estos artesanos. Unas simples tijeras, una guillotina y sus propias manos son todos los instrumentos que utilizan para transformar los materiales. Se corta el corcho y se ponen gallinitas de plástico en lo que se convertirá en un pequeño corral. Un fino cable de plástico simulará el chorro de una abundante fuente, cuatro pinceladas y ya tenemos el pajar o la casita que hará las delicias de la chiquillería.


Año tras año los modelos se van repitiendo.


¿Para qué voy a cambiar? Si un modelo tiene éxito lo repito, por ejemplo el pajar lo hago desde 1960.

Esta artesanía o industria, como se quiera llamar, no ha evolucionado con el paso de los años, como tampoco ha cambiado el entusiasmo de pequeños y mayores que, llenos de buenos propósitos, preparan las Navidades.

Es posible que dentro de unos años, cuando desaparezcamos los que ahora hacemos todo esto, ya no se hagan más casitas y pozos de barro. Ya ve, mi hija, que podría continuar con el taller, ha preferido otro tipo de trabajo. Con el tiempo se apretará un botón y una máquina hará en diez minutos lo que a nosotros nos dura un año.

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